Vivir, estudiar, trabajar

Yo soy yo. Vivo por mi misma. Me debo a mi familia, amigos, amores, maestros; de ellos aprendo, con ellos me formo. Pero aún así vivo por mi misma, de manera independiente, con pensamientos y sentimientos propios.

Hasta hace no mucho tiempo, solía sentirme viva por y para la empresa donde trabajo. Pensaba, ¿qué sería de mí sin ella? no podía concebir un instante sin pensar en mi trabajo, como si todo allí dependiera de mí.

Luego, my sister preguntó algo sumamente inteligente que me hizo despertar:

¿Acaso es tuya la empresa? ¿eres dueña?

Claro que no. Respondí yo. Entonces, desperté a la realidad.

Vivo por mí misma, no soy producto del lugar donde trabajo. Mi vida no depende de eso. Debo ser independiente, generar mi propia opinión sobre las cosas, y vivir cómoda, sana, feliz, haciendo y siendo lo que quiero y lo que me gusta.

Vivir cómoda no implica vagancia, sino sentirme bien trabajando, construyendo un futuro por mí misma.

Dentro de aquello que uno ama hacer, existen obligaciones que gustan menos que otras, pero deben hacerse, y las hago. Lo importante es reconocer mi vocación, trabajar y estudiar sobre eso, para crecer, hacer y ser alguien bueno en esta sociedad.

Por eso, me propuse dar el primer paso y comenzar la carrera de Edición en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA; simplemente para instruir mi vocación y mi amor por trabajar en el sector editorial.

Trabajo duro, y me convenzo de que cada actividad bien hecha depende sólo de mí… Pero en la oficina y en cualquier trabajo hay circunstancias que están fuera de mi alcance. Está bien que así sea.

Sin embargo, extraño mucho estudiar, instruirme y hacer algo para mí; virtualmente independiente de mi entorno. Entre otras razones, ésa es una de las mas potentes para empezar mis estudios de Edición en agosto próximo:

Para aferrarme a algo más que la oficina. Para saber que, pase lo que pase, estoy haciendo mi carrera, y mi única meta es recibirme con las mejores notas; más allá del lugar donde trabaje.

Entonces, cuando me gradúe, podré estar orgullosa de haber logrado con éxito una meta que sólo depende de mí; feliz de ser editora, y poner mi conocimiento al servicio de cualquier editorial u ONG que lo necesite.

Mi pequeño paraíso

Sonará estúpido pero, durante los fines de semana, por las tardes, a eso de las 17 horas, adoro tomar té con galletas; y sentarme frente a la compu a ver Harry Potter, enteramente en inglés, sin subtítulos. Particularmente, me encantan The deathly hallows Pts. 1 & 2.

Son una de las pocas películas que realmente logran transportarme por un momento a otro mundo. Más allá de la acción, la estupenda trama, y el suspenso, me fascinan los diferentes paisajes ingleses que muestran.

Específicamente, en Pt. 1, cuando Harry, Ron y Hermione escapan de los Death Eaters; se refugian en diferentes lugares de Londres y el Reino Unido que me encantaría visitar, si es que existen.

Por esos pequeños detalles, siento mi mente transportada hacia sitios que me encantan, entretienen e incluso relajan.

Hermione Granger ha sido siempre mi personaje favorito, pues considero que tengo varios puntos en común con ella: El amor por la lectura, sobre todo.

Aunque creo firmemente que cada persona es y debe ser un mundo diferente, único e irrepetible, existen varios valores en Hermione que siempre me esfuerzo por incorporar a mi propia vida: Su capacidad de utilizar el conocimiento para ayudar a otros, su sed de justicia, su incansable búsqueda de verdad, su humildad, honestidad y compañerismo.

Puede que tan sólo sea una buena historia para adolescentes; pero realmente ha logrado el objetivo que busco cada fin de semana: Transportarme, entretenerme, relajarme, enseñarme, e inspirarme de algún modo para enfrentar mis días de la mejor manera posible; sabiendo que, no importa cuán mal estén las cosas, siempre se puede luchar por ser mejores personas.

Uno nunca estará sólo, si va por el buen camino: Defendiendo la amistad, el amor, la solidaridad, el conocimiento, la humildad y la verdad en el mundo donde viva.

Protagonista

Desde hace varios días vengo queriendo reorganizar mi vida, tal como supe hacerlo hace un par de años.

Ser constante con todo, perseverante y, al mismo tiempo, organizar horarios para cada cosa.

Hasta hace un tiempo, lo más importante para mí era empezar y terminar mis tareas en un sólo día. Entonces, me quedaba hasta cualquier hora en la oficina, hasta terminar.

Hoy, mi prioridad es respetar los horarios, para así tener tiempo de construir mi propia vida, incluso fuera de la oficina.

Si mi horario es de Lunes a viernes, de 8 a 17, debo respetarlo, y al mismo tiempo ser constante con mis tareas. Quizá no pueda terminarlo todo en un día, pero la clave está en continuarlo al día siguiente, hasta terminar.

Entonces, no sólo estaré cumpliendo con mi trabajo, sino también conmigo misma, mis amigos y mi prójimo: Tendré un tiempo cada día para relajarme, meditar, ponerme bonita, perfumarme y hacerme toda una Mujer.

Si quiero hacer bien a otros y estar en paz con el mundo, debo empezar por mí, e irradiar desde mi propio ser todo aquello que deseo para otros.

Por eso considero necesaria la organización; tener un tiempo para cada cosa, desde adentro hacia fuera.

Es difícil al principio, para una adicta al trabajo como era yo, no pensar en mis tareas de oficina a cada minuto. Pero es vital para mi propia salud contenerme.

Los fines de semana son para descansar, no para hacer cosas relacionadas con la editorial.

Para eso tengo, nada más y nada menos, que cinco jornadas de diez horas cada una, en donde podré ocuparme tranquilamente de todo lo que esté relacionado con la oficina.

Sí es muy útil, al menos para mí, hacer una lista de tareas por cumplir en la oficina, a última hora del domingo, para no olvidar lo que debo hacer al día siguiente, y poder organizar también mi agenda de trabajo. Pero sólo eso, nada más.

Primero está mi salud espiritual, mental y física. De estar bien yo misma, depende el éxito que consiga en el mundo exterior.

Debo entender, de una vez por todas, que no soy la dama de compañía, sino la princesa en mi propia historia: Yo soy protagonista aquí. Si algo malo llega a pasarme, este cuento se acabará para siempre… Mi mundo se acabará para siempre.

Entonces, si realmente quiero que la empresa donde trabajo tenga éxito, yo debo tener éxito primero conmigo misma, y luego con el mundo: Amarse uno es la clave para amar al prójimo; pues, si no te amas y te cuidas primero tú mismo, ¿cómo aprenderás a amar y a cuidar de este mundo?

Silencio y reflexión

Es triste asumirse cómplice.

Es triste ver y sentir que, al no hacer nada, porque no nos afectó directamente a nosotros, de alguna manera estamos alejando la posibilidad de un cambio serio.

Ok. Yo no estuve ahí. Gracias al Cielo, tampoco tengo víctimas cercanas a mi círculo; pero sí me siento responsable, al no hacer nada, al lamentarme en silencio…

La angustia y el miedo, me paralizan. No quiero mirar para otro lado, pero tampoco sé exactamente qué puedo hacer yo, ahora, para evitar que esto vuelva a suceder…

Me duele profundamente el alma, al ver que a nadie parece importarle nada del prójimo, a menos que ocurra una tragedia semejante. ¡¿Por qué demonios tienen que morir 52 personas, para que siquiera nos detengamos a reflexionar, algunos, acerca de lo que ha sucedido?! ¡¿Es que acaso estamos ciegos, sordos, mudos…?! ¡¿tanto cuesta ver a nuestro alrededor?!

Ah, claro! la hacemos, simple, fría y lógica: “Si a fulanito no le importo, ¿por qué habría de importarme él a mí?” “Es estúpido preocuparse por otro, si a ese otro yo no le importo”

Lastima ver cómo la supervivencia de uno mismo, roza e incluso sobrepasa las vidas de terceros. Donde sólo importo Yo, y el resto me vale madre.

No es así. No debiera ser así. Hay que empezar por uno mismo. Ayudar al otro, sin importar lo que aquél haga o deje de hacer por uno. Porque, con la filosofía del recibir para dar , viviremos esperando, nadie hará nada más que quejarse, y todos, uno a uno, estaremos siendo cómplices de la desidia, la burocracia, y la dejadez cotidianas.

Los números no sirven de nada, si no aprendemos de una vez, que depende de cada uno el ser mejores como sociedad, contribuir a que las tragedias realmente no vuelvan a suceder; siendo solidarios el uno con el otro.

Es triste asumirse cómplice, a mis ocho años, a mis catorce, a mis veintiséis…. Sumando más y más catástrofes en mi sociedad.

Lamentando cientos de muertes, en silencio, helada de impotencia, formando parte, ayer y hoy, de esta comunidad egocéntrica, ciega, sorda y muda en que nos hemos convertido.

No más. Hoy digo basta, por mi misma y por mi prójimo. Con la angustia y el llanto no hacemos nada. Yo estuve ahí porque soy Argentina. Yo estuve ahí, porque soy Porteña. Yo soy cómplice de la desidia, porque formo parte de esta sociedad, y me hago cargo, aunque personalmente, yo, no halla matado ni una mosca…

Eso no importa: Hay que empezar por uno mismo, para mejorar las cosas.

Círculo vicioso

Todo el mundo tiene algunas obligaciones que detesta cumplir. Yo no soy la excepción.

Sin embargo, siempre realizo las actividades que considero particularmente tediosas, primero, lo mejor y más rápido que puedo, para sacármelas de encima, y no tener que rehacerlas.

Pero, en todos los órdenes de la vida, cuando un superior ve que hago algo rápido y bien, me da más de lo mismo, para seguir cumpliendo… Sin tener la más mínima idea de cuánto detesto realizar esa actividad.

Entonces, cuando me doy cuenta que me la paso más del 50% del tiempo haciendo actividades que no me agradan, y; lo que es peor, atrasando todas aquellas obligaciones que me encanta cumplir, siento una gran frustración, tristeza y angustia.

¿Por qué nadie se da cuenta? Me dan ataques de nervios, siento la presión en mi piel, y eso en ocasiones puede llegar a afectar seriamente la salud. Por eso me veo obligada a detenerme y admitirlo: Hay actividades que detesto hacer (Lavar los platos / armar pedidos en cajas), y me atrasan en aquellas que Amo realizar (Cocinar / Asistir a mi jefe en Comercio Exterior y en todo lo que necesite)

Luego pienso Desgraciadamente, así es la vida: Nada cambia, a menos que llegue a un colapso nervioso, o me desvanezca…

Gracias al Cielo y a mi madre, no he llegado al punto de morir, para que se dieran cuenta. Gracias a mi jefe, con quien mantuve una larga charla durante y luego de un tremendo ataque de nervios; estoy volviendo a la normalidad y poniéndome al día en lo que realmente me agrada.

También tengo algunas cajas para armar, y sigo haciéndolo de la forma más rápida, eficaz… Pero, por suerte, ahora estoy más tranquila y he encontrado el tiempo para satisfacer a mi Jefe y cumplir de la mejor manera con mis amadas obligaciones en Comercio Exterior.