Si en ocasiones me voy de la oficina sin ganas de volver, ¿por qué tengo tanto miedo de ser despedida? ¿Acaso no sería mejor? Me pagarían indemnización, y todo…
Quiero decir, adoro mi trabajo; pero a veces la presión se vuelve insoportable, a tal punto de agarrarme un ataque de nervios, y volver a casa llorando.
Entonces pienso, ¿realmente vale la pena tanta malasangre por un trabajo? No, no vale la pena…
Hay que hacer todo lo mejor para que las cosas vallan bien, pero no se me puede ir la salud, mucho menos la vida, en eso.
Entre el año pasado y éste, me apena decirlo, en cinco o seis ocasiones, regresé a casa del trabajo tristísima, catatónica, con ataques de nervios y sin la menor gana de volver…
Pero luego se me viene a la mente mi jefe, a quien realmente Amo desde la primera vez que lo vi… Y simplemente no puedo renunciar, porque debo ayudarle, me necesita. Si realmente lo amo, no puedo abandonarlo así; debo estar con él y luchar codo a codo para sacar adelante el negocio.
Él me necesita, digamos, en el campo de batalla, no fuera. Ahora le soy más útil como su empleada que como su amiga, al menos hasta que él lo decida…
Por eso me quedo, a pesar de todo, luchando. Para hacer algo bueno por él, como parte de la empresa donde trabajamos juntos: Allí me necesita más que en cualquier otro lado.
Sólo depende de mí no tomar las cosas tan a pecho y relajarme: Después de todo es una editorial, no un hospital: Nadie va a morirse porque el libro llegue un día después de lo pautado (aunque, claro, en temporada, uno hace lo imposible porque todo esté a tiempo)
Pues bien, entonces: A relajarme, trabajar duro por mi amado jefe y la empresa. Luego, sólo queda rezar y ¡¡Que sea lo que Dios quiera!!